
No sé en realidad qué me llevó a Filipinas. No recuerdo bien si sería hacer escala para un viaje a Bali, Australia o Japón, o tal vez, lo más seguro, la pérdida de algún vuelo o el retraso de esas compañías transoceánicas que te pueden dejar tirado fácilmente dos días en un aeropuerto desconocido. Lo que sí sé es que, en cuanto pudimos, escapamos de allí y pusimos rumbo a Manila. Como mal, el menor siempre.
Pero Manila no es ningún mal, en absoluto. Es de esas típicas ciudades que odias o amas por siempre. Tremendamente atestada de gente, coches, motos, bicicletas, coches de caballos por doquier en su parte antigua, y enormes edificios y avenidas ajardinadas en la zona de negocios. ¿Contrastes?. Muchísimos, la gente rica y la gente pobre, las casas destartaladas junto a las grandes empresas, el señor de gafas, maletín y enchaquetado, junto a la vieja señora que pide por las calles.
La huella hispana aún hoy es muy profunda en Manila. Sus grandes monumentos, la mayoría de ellos, fueron construidos durante la época colonial. Iglesias, conventos, galerías de arte… Pero claro, el colonialismo se mezcla aquí, para darle mayor sabor al contraste, con uno de los barrios chinos más grandes del mundo. Imaginaros el sabor colonial impregnado de un toque oriental. Exquisito para los sentidos.
Seguir leyendo »