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La Isla de Jeju, una maravillosa sorpresa de Corea del Sur

May 21, 2015

La Isla de Jeju, conocida en la Antigüedad en Occidente como isla de Quelpart, es una isla volcánica, dominada totalmente por el monte Halla, un volcán de 1.950 metros de altura, siendo el pico más alto de Corea del Sur.

Esta singular isla, un óvalo de roca con un volcán en el medio, descansa sobre el océano turquesa brillante, justo debajo de la península de Corea del Sur. En otro tiempo, las colinas formadas por cráteres escupían ríos de lava cuyos legados son algunos de los túneles subterráneos más largos del planeta Tierra.

La cultura de los habitantes de la isla es bastante distinta de la de los que viven en el península de Corea. El folclore es rico: en él se contemplan más de 18.000 deidades, y abundan los templos.

Entre ellos, sobresale el templo de Samyang, decorado con intensos colores y patrones, en la cima de un monte, desde donde ofrece un panorama sensacional que se extiende desde el océano hasta la ciudad de Jeju.

Los aldeanos se protegen de la mala suerte apilando piedras para formar pequeñas torres llamadas bangsatap, mientras que los dolhareubang, o “abuelos de piedra”, tallados en basalto, se cree que los protegen del mal y se encuentran en filas en determinados de toda esta isla surcoreana.

El bosque Gotjawal, que crece en las laderas del volcán, el Monte Halla, alberga una asombrosa colección de plantas y animales únicos. De hecho, según cuenta la mitología china, en Jeju se encuentra una seta que concede la inmortalidad. Así, según la leyenda, la diosa de la Creación hizo el monte Halla con la tierra que sacó después de clavar su pala siete veces, y no resulta sorprendente que la gente de una isla vinculada con esta poderosa diosa tenga una tradición matriarcal.

Por último, en Jeju viven los haenyeos (marineras que se sumergen en busca de abulones y nácar para ganarse el pan y mantener a su familia). Aunque ahora es poco común, todavía se ven algunas mujeres que se sumergen en el océano, y que luego salen a la superficie como si fueran diosas, con irisdiscentes conchas en la manos.