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La abadía de Sénanque, un precioso rincón de la Provenza francesa

Nov 24, 2013

abadía de Sénanque

Durante el  verano, el aire que rodea la abadía de Sénanque está lleno del aroma de la lavanda en flor y del sonido de los cantos gregorianos que reverberan dentro de sus sobrios muros de piedra gris. Se trata de uno de los tres monasterios cistercienses más importantes  que existen en Provenza (Francia), conocidos en conjunto como las “tres hermanas”.

La abadía de Sénanque está ubicada en un valle apartado, su arquitectura refleja una simplicidad reducida y una armonía de elementos que invita a la tranquilidad, la permanencia y la contemplación. Un sitio donde uno se aparte del mundanal ruido.

Los monjes cistercienses llegaron aquí en 1148, desde la abadía de Mazan, en Ardérche. Los monjes vivían en cabañas hasta que recibieron la ayuda de los señores de Simiane, que les permitieron fundar esta abadía en el año 1778.

Los cistercienses era una rama bastante ascética del catolicismo fundada en 1098 y que se expandió a lo largo  del siglo XII gracias, en gran parte, a la labor de Bernard de Clairvaux. A diferencia de otros monjes, los ingresos de los cistercienses no dependían de diezmos o cuotas, pues se dedican a  labrabr la tierra. En la actualidad,  los monjes de Sénanque continúan cultivando lavanda y ocupándose de abejas productoras de miel para su sacar dinero y poder vivir.

La vida monástica cisterciense hace hincapié en la disciplina, la humildad y la austeridad. En su arquitectura (y Sénanque no es una excepción) se suele ver claramente  esa austeridad. El diseño se basa en la sede cisterciense, la abadía de Citeaux, cerca de Dijon, aunque, debido al poco espacio que había en el valle, el oriente litúrgico se orienta  hacia el norte.

Las condiciones son sencillas: la única habitación con calefacción es aquella en la que los monjes leen y escriben, y casi no  hay adornos. No existen vidrieras, ni pinturas ni manuscritos ilustrados, y las columnas emparejadas de piedra caliza de los claustros no tienen más que diseños de lo más simples de hojas y vides en los capiteles.

En su lugar, la decoración llega con el intenso malva de los campos de lavanda de alrededor, el juego de luces y sombra de las paredes de la abadía, y el pasar de los austeros hábitos blancos y negros de los monjes residentes.

Foto vía Fotolog