El desierto Blanco

El desierto Blanco es uno de los lugares más visitados de Egipto occidental. Para llegar allí se pueden organizar viajes al desierto desde Bahariyya o Farafra. Esta última ruta es la más recomendable para apreciar toda la belleza de este maravilloso lugar. De octubre a marzo es el momento en el que hay más visitantes.  Además, no hay que dejar de ver los manantiales de la zona.

Sus surrealistas formaciones rocosas y la arena completamente blanca ofrecen un contraste extremo frente al desierto amarillo. Las rocas van adquiriendo tonalidades azules, rosas y naranjas cuando el sol se pone, y de noche la arena parece nieve. De no ser por el calor, podría confundirse con un paisaje ártico.

Las formaciones, compuestas por una curiosa mezcla de tiza y piedra caliza, se crearon por la erosión del viento. Consisten en formaciones orgánicas de distintas formas, que en ocasiones desafian la ley de la gravedad, con rocas enormes colgando de manera precaria sobre bases especialmente estrechas.

Los beduinos llaman a esta zona “Wadi Gazar” o valle de las Zanahorias, por la forma de algunas de las formaciones rocosas. También se ha dicho que las piedras se parecen a esfinges, camellos o pájaros mitológicos. Una cosas está clara: estas piedras ofrecen un telón de fondo asombroso para una experiencia desértica fascinante. La visita al desierto Blanco nunca se nos olvidará.

Además, merecen especial atención los manantiales de los alrededores. A diferencia del resto del desierto, que está situado en los 120 kilómetros de la depresión de Farafra, los manantiales se distinguen por estar en pequeñas lomas creadas por la arena al juntarse con la vegetación que crece cerca del agua. Las plantas siguen creciendo a pesar de que la arena las ahogue, y en ocasiones llegar a crear colinas bastante altas.

Por último, recomiendo visitar Farafra, un pueblo poblado por beduinos y que supone un punto de partida ideal para empezar la visita al desierto Blanco.

Foto vía Viajeros Blog