El Monte Ruapehu, una joya de Nueva Zelanda

tongariro

Dicen que los volcanes que forman parte el Parque Nacional de Tongariro, en el extremo meridional de la isla del Norte de Nueva Zelanda, nacieron gracias a las plegarias del ancestral sumo sacerdote Ngatoroirangi. De camino al lago Taupo, vio una cadena de montañas y decidió escalarlas.

Antes de llegar a la cumbre, le sorprendió una gran tormenta de nieve, y el sacerdote se vio atrapado en un torbellino de fuertes vientos antárticos. Desesperado y congelado, se puso a rezar al señor del abrasador inframundo, Ruamoko, y fue recompensado con un regalo de lava que brotó del monte Ruapehu y se extendió hasta sus pies en una piscina que formo el Cinturón del Fuego del Pacífico.

Loa maoríes consideran que las montañas de la cadena que contiene los picos de Ruapehu, Tongariro y Ngauruhoe son wahi tapu (lugares sagrados). La palabra tapua es la raíz de “tabú”; según la tradición maorí, los lugares que se califican de tapu no se deberían explorar, ni siquiersa se debería hablar de ellos, ni perturbar ni mirar tan solo.

El monte Ruapehu es el volcán más grande del país y sigue activo. Entre sus erupciones, que son bastante habituales (las de gran calado suelen tener lugar dos veces al siglo), la lluvia y el hielo derretido se acumulan en su cráter y forman un enorme lago mineral ácido.

En las lomas de la montaña, sni embargo, hay unas masas de agua todavía más espectaculares: los lagos Esmeralda. Llenos de agua derretida procedente de témpanos de hielo de los picos más altos, los lagos están llenos de minerales de andesita de las faldas del volcán, que los tiñen de extraordinarios colores.

A veces de color esmeralda, y otras, jade, turquesa o incluso un intenso verde alga, los lagos están constantemente cambiando de forma y tamaño, como los montones de nieve que descansan junto a ellos en invierno.

Los maoríes veneran estas masas de agua celestial que respiran y se hinchan, y les atribuyen poderes espirituales de los dioses vivientes y la energía del maná, la capacidad de inspirar respeto, que se debería experimentar pero nunca explicar.

Foto vía Temps d’Oci